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lunes, 4 de mayo de 2015

La Bicha María



¡Mi hijo!, ¡mi hijo! No dejaba de gritar una mujer, rota por el dolor, cuando comprobó que su pequeño vástago no se encontraba en el moisés, donde lo acurrucó cuando fue a lavar al chorrillo que hay junto a la orilla del río Colorao.

El niño desapareció sin dejar el menor rastro como solía hacer mucha gente que pululaba cerca de la margen izquierda de este río.

Por el pueblo circulaba la historia de la existencia de una gran serpiente de dos cabezas, a la que las gentes del lugar dieron el nombre de la Bicha María, la cual viviría en unas cuevas subterráneas que hay bajo la pequeña población situada en los confines de la Loma.

La leyenda se forjó hace más de dos milenios, ya que los antiguos íberos que aquí habitaban oyeron muchos de los mitos que griegos y romanos narraron de sus tierras de origen en estos lugares de Iberia.

No obstante, dicha leyenda tiene origen heleno, ya que según las crónicas a la antigua ciudad íbera de Cástulo llegaron dos cabellos de la Gorgona en una cratera que contenía vino del Ática. Dicho ser mitológico con tan sólo su mirada convertía a todo ser humano en piedra por el mero hecho de sostenerle la mirada, pero perdió la cabeza a manos de la espada que blandió Perseo, ayudado de un espejo para no mirarla directamente.

El héroe debía llevar intacta la cabeza de la Gorgona tras cercenarla de su cuerpo, pero cortó dos de los terroríficos cabellos de ésta y los guardó en su bolsa que llevaba colgada a la espalda.

De camino a casa tras su grandioso triunfo, pasó por un valle donde se encontró con una bella sacerdotisa que le invitó a acompañarla para ver que le presagiaban las estrellas, pues notó un gran peso sobre Perseo. De este modo, al consultar el oráculo éste vaticinó que los dichos cabellos que portaba cobrarían vida y se fusionarían en uno, creando un nuevo ser monstruoso bicéfalo en un lugar más allá de las columnas de Hércules.

Para evitar que la profecía se cumpliese el héroe decidió que los cabellos quedaran dentro de una pequeña urna sellada, en la que se inscribieron las letras alfa y omega, pues su ruptura supondría el fin de un sueño y el principio de una nueva vida.

El barco que atracó en el puerto fluvial de Cástulo tenía precisamente en su proa un bello y bien trabajado busto de Perseo en madera policromada, ya que el capitán de la nao era de la región de aquel héroe que decapitó a la Gorgona y que cortó aquellos cabellos de la cabeza de aquel ser tan monstruoso, siendo guardados celosamente por sus descendientes en la dicha urna sellada que acabó en el fondo de una cratera de vino en el lugar más recóndito de su bodega que se hallaba en la región del Ática, con el fin de que ésta nunca viera la luz y cuyo contenido ya se olvidaría con el transcurso de los siglos.

Cuando el barco soltó amarras, en la ciudad se produjo un temblor que vaticinó que iba a ocurrir algo importante aunque nadie se diera cuenta de tan crucial acontecimiento, puesto que lo único que provocó fue la ruptura de una cratera de vino del Ática cuando ésta era descendida del barco para ser trasportada al foro de la ciudad donde se hallaban las tiendas en las que se comerciaban las mercancías que llegaban a la ciudad, rompiéndose en mil pedazos y derramándose el rico y preciado caldo, cayendo a su vez un pequeño cofre sellado sin que nadie se diera cuenta sobre el fango acumulado allí al lado del muelle, hundiéndose poco a poco por su propio peso hasta quedar totalmente cubierto.

Sería unos años después cuando un joven lugareño encontraría la pequeña caja, llevándolo enseguida a su humilde casa oculta de la vista de cualquier persona con la que se cruzó camino a su hogar.

Su morada se hallaba al otro lado del río Guadalimar cerca de unas cuevas, de ahí que tuviera que cruzar el puente de piedra que se situaba junto a las termas de aguas relajantes.

En la tranquilidad de su hogar y fuera de la vista de cualquier curioso procedió a abrir la pequeña urna gracias a la ayuda de un cincel, pero en el mismo momento en que ésta quedó abierta el miedo lo paralizó, sobre todo, debido a un estridente silbido que siguió a su apertura, dando un toque mágico a la vez que terrorífico a aquel instante, siendo la causa por la cual este muchacho dejó caer el contenido del cofre al suelo, dónde al contacto con éste los cabellos cobraron vida, uniéndose y escabulléndose de la vista del joven, que sin saberlo contribuyó al nacimiento de la leyenda de un ser mítico bicéfalo en estas tierras de Iberia.

Desde aquel día Lasco, que así se llamaba el muchacho, tuvo un molesto ruido en los oídos que le acompañó hasta el mismo día de su muerte, ya que ese ser monstruoso hizo de las cavernas aledañas su morada y cada vez que silbaba, dicho sonido martilleaba los tímpanos de este joven que despertó del sueño eterno a este engendro mitológico que vino allende los mares.

En las dichas cuevas que había debajo de la pequeña población que había al otro lado del Guadalimar fue creciendo la “Bicha María” como se la conocería popularmente muchos siglos después, aprovechando las cavidades subterráneas que el brazo de mar que discurría por los confines de la loma había formado en este bello paraje.

El crecimiento de este reptil legendario fue lento, de ahí que en un primer momento sólo desaparecieran  de los alrededores pequeños animales, pero dada la cercanía del bosque que hay en uno de los lugares donde las cuevas tienen salida, apenas se hizo notar su presencia, pero en pleno comienzo de la Edad Media ya empezaron a desaparecer animales de los vecinos del pueblo, de ahí que se hicieran batidas contra posibles alimañas que pudiesen existir en la zona, pero los intentos no dieron ningún resultado.

Tuvieron que pasar otros tantos siglos, concretamente hasta finales de la Edad Media, para que este ser maléfico ya tuviera un tamaño bastante considerable y optara por robar niños pequeños que quedaban desprotegidos de la vista de sus madres cuando iban a lavar al río.

No obstante, durante esa época vivía una mujer solitaria y curandera, rodeada de gatos, sobre la que recayeron todas las sospechas, de ahí que se le acusara de brujería y tratos con el demonio y que adquiría vitalidad gracias a beber la sangre de estas inocentes criaturas.

A estas conclusiones llegó el tribunal e hizo confesar a la mujer tales cosas horrendas, siendo inocente de todo lo que se le acusaba, pero fueron tales los tormentos que se le infligieron que acabó confesando todo aquello que no había hecho, de ahí que fuese condenada a la hoguera.

Entre las llamas, la buena mujer emplazó a los miembros del tribunal a llorar lágrimas de sangre por tremenda injusticia. Y así fue como cada uno de ellos fue perdiendo en las semanas siguientes a un ser querido bajo las fauces de la “bicha María”, que coincidencia o no los eligió como sus próximas víctimas.

Dado el carácter infructuoso de la anterior caza de brujas, se optó por pensar en que tales hechos pudiesen haber sido llevados a cabo por alguna gran alimaña que se escondiese en las entrañas de las cavernas, pero no se dio con nada, de ahí que se procediese a sellar todas y cada una de las entradas de las dichas cuevas, que quedaron ocultas hasta casi nuestros días, momento en el que quedaron descubiertas debido a un terremoto que hizo quebrar la torre de la iglesia y echar por tierra una de las grandes campanas de la espadaña.

Fue en ese momento, cuando empezaron a desaparecer de nuevo personas en el lugar, sobre todo, a las orillas del río, ya que la única entrada a las cuevas que quedó al descubierto fue la que se hallaba en dicho lugar.

Una vez más hubo una cabeza de turco al que echar la culpa de la desaparición de los vecinos del pueblo, no siendo otro que el bandolero Antón León que se encontraba escondido en las ruinas de Cástulo, el cual era tan sólo un aguerrido y valiente ladrón que sólo robaba por su supervivencia y la de los suyos.

Es por eso que éste se conocía muy bien el terreno donde actuaba. De este modo, fue el primero que se dio cuenta de la apertura de la entrada de la cueva tras el terremoto y sin ser visto contempló a la horripilante y gigantesca serpiente de dos cabezas introducir en la caverna entre sus fauces a su última víctima.

En un primer momento, quedó paralizado, pero recobrado se dirigió hacia su campamento y relató a sus compinches lo que había visto, pero ninguno de ellos le dio crédito y lo tomaron por loco.

Una vez terminó de hablar, sus hombres le dijeron lo que se decía en el pueblo sobre su autoría como responsable de la desaparición de sus vecinos.

Antón León, sin embargo, quiso defender su honor, pues aunque ladrón, el no se había manchado las manos de sangre, así que cogió pólvora y se dirigió hacia la entrada de la cueva para acabar con el animal y así limpiar su nombre.

Lo primero que hizo fue ver justo a la entrada de la caverna una camisa del animal, la cual cogió y sacó fuera, dejándola bajo la frondosa copa de un árbol que allí había, ya que sería la prueba irrefutable de su inocencia.

Tras dar la espalda a la cueva no se percató que el temible monstruo se disponía a salir. No obstante, fue rápido de reflejos, ya que le dio tiempo a encender la yesca con la que encendió la pólvora, la cual lanzó contra la entrada, siendo tal la explosión que la caverna quedó sellada de nuevo y la bicha no se sabe si murió o quedó de nuevo confinada en su cárcel.

Sin embargo, quien sí murió fue Antón León, pues salió despedido debido a la onda expansiva, quedando tendido junto a la camisa de la bicha María, a donde acudieron los compañeros del intrépido ladrón debido a la gran detonación y al tener la prueba de la existencia de ese ser mitológico que les había relatado su valeroso jefe no dudaron en propagar su hazaña y llevar la camisa de la serpiente junto al cuerpo sin vida de este héroe joven y valiente ante el Cristo de la Buena Muerte, a cuyos pies se veló su cadáver y donde se puede apreciar para quien lo quiera ver la única prueba que existe de esta leyenda que generación tras generación se cuenta en los hogares de este lugar.

jueves, 18 de julio de 2013

De Sierra Morena a los Andes

           Os dejo un relato que he compuesto durante el transcurso del Taller Creativo Literario que ha tenido lugar en Torreblascopedro (Jaén) durante los meses de mayo y junio de este año 2013 y espero que os guste.


¡Me muero!, ¡me muero!

Sólo acertaba a decir eso. Me muero y a miles de kilómetros lejos de mi familia el día de Navidad, mientras Gaby, mi amiga, no dejaba de tranquilizarme y decirme:

Ese dolor de cabeza es sólo consecuencia de la resaca por no saber beber y no estar acostumbrado, quién te manda acabar la noche bebiendo pisco a palo seco con los hombres de mi familia.

Por mi mente pasó la imagen de mi pequeño pueblo, Torreblascopedro, allá a lo lejos en las estribaciones donde acaba la comarca de la Loma y se funden como hermanos los ríos colorao y blanco, teniendo como telón de fondo Sierra Mágina con picos como el Aznaitín y el Almadén.

No obstante, allí estaba yo, sin querer viajar a uno de los lugares más mágicos del planeta: la ciudad perdida de los incas en plenos Andes peruanos.

Sin embargo, Gaby me convenció de ir hasta allá, cosa que le agradecería después, pues fue una de las mejores experiencias de mi vida. De hecho, gracias a esa resaca no sentí apenas las veintitantas horas que duraba el viaje desde el centro de la ciudad de Lima hasta el Cuzco y mucho menos el soroche o mal de altura.

En ese largo viaje que comenzó en los andenes de la central de autobuses de la compañía Cruz del Sur, hizo que pasaran por mi mente muchos de los acontecimientos vividos junto a la coreana, como sin malicia la llamaba la madre de uno de nuestros amigos cada vez que llamaba por teléfono a su casa y era ella quién descolgaba, siendo ella la causante de que me enamorara de su Perú, de sus gentes, de su tierra y, sobre todo, de su gastronomía, desde el mismo momento en que me instalé en su casa de Ate-Vitarte como un miembro más de su familia, siendo adoptado por esta gran familia matriarcal, donde la mujer tiene un papel primordial, ya que son ellas las que reúnen a toda la familia: madres, tías, hermanas...

Del trayecto de ida en autobús sólo me acuerdo de mi deambular nocturno por el pasillo del autobús para ir al baño, donde era como ir borracho todo el tiempo debido a las continuas curvas del camino y el ver a la azafata recostada en los últimos asientos tan plácidamente como sin con ella no fuera esa agitación continua.

Y como no, del inicio del viaje, ese momento en que apenas unas horas en el autobús, vi la puerta abierta y me bajé corriendo porque no podía aguantar las ganas de vomitar. Al subir y para que se me pasara el mareo, la azafata vino con un algodón empapado en alcohol, exclamando yo:

¡Oh, cruel destino!, me dan a oler de nuevo pisco. Y yo diciendo: No, no quiero oler pisco y al olerlo mi cuerpo en vez de asentarse quería volver a vomitar.

Y a mi lado, en el otro asiento Nadia aunque intentaba no reírse, al final acabó estallando en carcajadas.

El resto son ensoñaciones e imágenes de las vivencias compartidas con Gaby desde el día en que la conocí, un frío día de primeros de marzo, en el que iniciamos un curso de Animación Sociocultural en CM Formación. Gracias a este curso tuve la suerte de conocer a varias personas que se han convertido a día de hoy en grandes amigos, con los cuales he vivido muchos ratos alegres y por desgracia también momentos duros, pero hemos estado ahí para lo bueno y para lo malo.

En dicho curso surgió el apodo “brisa caribeña”, con el cual la solía llamar, aunque como decía ella y gran verdad tenía, de caribeña tenía más bien poco, o incluso el apelativo de “terrón de azúcar moreno”, debido al tono de su piel. Todo ello, provocaba los celos de su marido en aquel entonces, que, ¡oh, casualidades del destino!, terminó siendo un familiar lejano mío, ya que nuestras abuelas eran hermanas.

Con ella y junto a otros amigos creamos un grupo de animación sociocultural, con el cual recorrimos buena parte de la provincia de Jaén, consiguiendo sonrisas de niños y no tan niños en cumpleaños, comuniones e incluso en fiestas de algunos pueblos y llevando a cabo visitas teatralizadas en el Museo Arqueológico de Linares. Ella fue quien nos enseñó a hacer algunos trucos de magia o a elaborar piñatas de un gran colorido al estilo mejicano, las cuales eran muy vistosas. Todo ello bajo su batuta, debido a su fuerte carácter, pues le gusta que todo salga bien debido a su gran profesionalidad.

Vivimos juntos su divorcio, siendo el grupo un gran apoyo para ella, como una familia, de ahí que muchas reuniones las hiciéramos en su casa, ya que los demás no teníamos casa propia en aquel momento. De hecho, en una de esas reuniones surgió un problema entre ambos que hizo que nos uniéramos más si cabe, ya que estando todos los amigos reunidos cantando con el Singstar yo me enfadé mucho con todos ellos porque me dolía horrible la cabeza y sólo les pedía que bajaran el volumen y no me hacían caso, así que ni corto ni perezoso cogí y me fui. A los pocos días éstos se enteraron que aquel enfado tenía una muy buena causa justificada, puesto que evidentemente yo me encontraba muy mal y como consecuencia de ello estuve ingresado en el hospital más allá que aquí, debido a una trombosis yugular que podía haber acabado con mi vida de no haberme visitado el mismo día que me llevaran por urgencias a Jaén mi ángel salvador, mi prima, a la cual debo mi vuelta a nacer.

Al enterarse Gaby, que por aquel tiempo trabajaba en Jaén, enseguida fue a visitarme al hospital, donde estaba con la habitación en penumbra y sin ruido, sólo pudiendo articular con los ojos vidriosos “ay, mi negrita”, quedando impresionada del estado en que me encontró: postrado en la cama inyectado con el suero y la medicación, a casi oscuras y con un derrame ocular. No obstante, es una imagen que no se me borra de la mente.

Cada vez que coincidíamos, ella me hablaba de su país, de su trabajo allá, de sus tres madres: Rosa, su abuela; Berenice, su madre y Mercedes, su madrastra, ya que gracias a ellas ella es quién es hoy día, aunque la figura paterna de su abuelo también es muy importante para ella. No obstante, el matriarcado en su vida ha sido crucial en su vida, sobre todo, el papel de su abuela o su mamita como ella la llama, convirtiéndose tras su fallecimiento en la estrella que guía sus pasos. De su mamá aprendió a cocinar esos ricos platos de la gastronomía peruana que yo he tenido la suerte de poder probar y aprender. Y, por último, gracias a  su madrastra, por cierto un apelativo que ella nunca usa, puesto que es una madre también para ella, ella es psicóloga, ya que se preocupó de que esas niñas que aceptó como suyas tuvieran una educación.

Todo ello hizo que sintiera cada vez más ganas de conocer a su gente, de la que tanto me habló, así que un año me propuso que la acompañara a su país en Navidades junto a Nadia, siendo ésta la que me acompaña en el otro lado del asiento del autobús y quien me consuela y me dice que todo pasará, pues esto es sólo un susto, que no me ocurrirá nada y que aquel trago amargo no se volverá a producir, pero yo no dejaba de pensar en aquel momento en que me estallaba la cabeza y que acabó en una trombosis, cosa que volvió a mi mente con los dolores de cabeza de la resaca.

En este momento es cuando recupero la conciencia y vuelvo en mí, ya con los albores del día y las imágenes de la sierra peruana y el río Urubamba corriendo paralelo a la carretera, preguntándome ésta si había sentido el soroche y yo diciéndole que no.

Nadia, en cambio, me dice que la señora de al lado y sus hijos no pararon de vomitar. Por mi parte, yo creo que no lo hice gracias al té de coca que nos dieron durante la noche en el autobús, además de los efectos de la resaca.

Nada más llegar a la estación de autobuses de la ciudad de Cuzco, al bajarnos del autobús nos recorrió la sensación de falta de aire debido a la altura a la que habíamos ascendido, unos 3.400 metros sobre el nivel del mar, pero eso dio paso a la imagen del ajetreo de la estación con viajeros que iban y venían portando fardos y con maletas, y al bullicio de una ciudad que rozaba las nubes en plenos Andes peruanos, con sus taxis movidos por gas, las cholitas con sus sombreros y los trajes típicos de la sierra plenos de colorido o los edificios antiguos de piedra que evidenciaban su pasado colonial, ya que Cuzco es considerada la Roma de los Andes debido a la gran cantidad de monumentos que concentra.

Tanto Nadia como yo tuvimos mucha suerte, ya que en todo momento tuvimos nuestro guía particular, que respondía al nombre de Néstor, el cual nos procuró Gaby para que siempre nos sintiéramos seguros en tierra extraña.

Con Néstor recorrimos la ciudad en una visita panorámica, quedando grabada en nosotros cada recodo de la ruta, puesto que nos serviría en días sucesivos para poder movilizarnos nosotros mismos por la ciudad.

Al día siguiente, siempre solícito Néstor nos llevó a conocer lugares como Sacsayhuamán, santuario a dos kilómetros de la ciudad de Cuzco donde el 24 de junio se celebra la fiesta del Inti, el dios Sol. O yacimientos arqueológicos como Qenco o Puka Pukara, los bellos paisajes del valle del Taray donde pudimos ver algún que otro rebaño de llamas y los nevados al fondo o la ciudad de Pisaq en pleno valle.

He aquí que tuvo lugar una anécdota graciosa que nos sucedió al bajar del coche para disfrutar del bello paisaje que nos ofrecía la sierra andina, ya que una llama que por allí pastaba y en celo, al ver a Nadia no dejaba de perseguirla, provocando las carcajadas tanto de Néstor como del taxista que nos acompañaba, mientras yo intentaba asustar a la llama para que la dejara en paz.

Y como olvidar la ayuda inestimable de nuestro guía particular al acompañarnos hasta Ollantaytambo, con el fin de poder coger el tren que nos llevaría hasta la ciudad de Aguas Calientes, la cual debe su nombre a las famosas aguas termales sulfurosas y ferrosas que allí se encuentran y que es la puerta de acceso a la ciudad inca de Machu Pichu, donde una vez que se pone un pie sobre ella se para el tiempo y te hace disfrutar con los cincos sentidos de todo el bello paisaje que te rodea, puesto que te encuentras de pronto con las ruinas de una ciudad-refugio en medio de la sierra, donde el verde se extiende hacia el horizonte de los cuatro suyos, es decir, hacia los cuatro puntos cardinales y las nubes rasgan los picos de la sierra, a la vez que el olor de la tierra y la vegetación te embriaga y los rayos del sol en pleno diciembre te hacen sentir vivo. Todas estas sensaciones las produce estar en uno de los lugares más mágicos de la Tierra, donde los incas rendían culto a la Pachamama o Madre Tierra, lo cual me recordó de nuevo el papel del matriarcado en la cultura del Perú.

En dicho lugar nos sentimos libres, así como el cóndor sobrevuela la fortaleza, siendo el amo de los cielos en ese lugar recóndito de la tierra.

Todo valió la pena para poder disfrutar de esta experiencia, ya que hubo algunos problemas que tuvimos que sortear para poder acceder a la fortaleza, pero nada se compara con las sensaciones que experimentamos en ese bello lugar.

Tras nuestra visita al Machu Pichu, ambos disfrutamos de un merecido almuerzo en la ciudad de Aguas Calientes y después visitamos las aguas termales donde las piscinas de agua caliente estaban atestadas de gente pese a que caía una leve llovizna. En cambio, nosotros preferimos subir al bar que estaba colgado como en un árbol en un risco desde donde podíamos divisar buena parte de esa ciudad que había surgido en torno a los beneficios que el turismo generaba y las piletas donde no paraban de entrar personas para disfrutar de sus aguas humeantes.

Tan cansados como estábamos no nos apetecía bañarnos, pero si que disfrutamos de un té de coca, del paisaje y del sonido de los rápidos del río Vilcanota que bajaba todo bravo a nuestra espalda, puesto que Aguas Calientes se extendía en los márgenes de esta corriente de agua que rasga la sierra.

Por la noche, junto a otros turistas aguardamos la salida del tren que nos conduciría a Ollantaytambo, dónde nos esperaba un taxi casi nuevo que nos procuró Néstor y que nos devolvió a través de una carretera apenas transitada de noche a nuestro pequeño hotelito en la calle Chavín en Cuzco. A pesar de que veníamos muy cansados al ver el letrero de la calle, nos miramos y se nos escaparon unas risas, pues nos hizo recordar el apelativo con que cariñosamente me llamaba Gaby: “chavito”, ya que soy dado a meter la pata.

El día siguiente lo dedicamos a pasear por nuestra cuenta en esta bulliciosa ciudad, comprando algunos recuerdos y disfrutando de sus bellos rincones como el barrio de san Blas en la parte alta, la calle estrecha donde se encuentra la piedra más famosa del Perú con sus catorce ángulos, la plaza de armas de Cuzco, con su catedral y su iglesia de la Compañía de Jesús y ese nacimiento tan insólito, en el cual la vaca y el buey son sustituidos por la llama y la alpaca. E incluso, tuvimos la suerte de entablar conversación con un señor que nos deleitó con algunas palabras en quechua, lengua andina arcaica prehispánica, de las cuales recuerdo nuna raymi o fiesta del alma.

La última imagen de Cuzco la recuerdo en la plaza de Coricancho, lugar donde pude comprar un tapiz de alpaca, en el cual hay representada una llama, uno de los animales símbolos del Perú, y poder negociar un precio ajustado con Valentina, ataviada con un bello vestido que destacaba por su colorido característico, para poder hacerme al final con un bello recuerdo de esa tierra que tanto me fascinó.

En este bello sitio nos recogió Néstor y su hijo pequeño para acompañarnos y despedirnos en la estación de autobuses, siendo un buen anfitrión hasta el final.

A mediodía comenzamos nuestra bajada hacia la costa del Pacífico rumbo a la ciudad de Lima, pasando una buena noche de viaje y cargados de experiencias y de vivencias que después repetiríamos una y otra vez a nuestros familiares y amigos.

Al despertar nos encontramos con un camino lleno de curvas en un paisaje inhóspito, ya que no había ninguna huella ni de naturaleza ni de asentamientos humanos. Es decir, nos encontramos inmersos en un pleno desierto. No obstante, pronto llegamos a Ica, donde paramos a desayunar, la ciudad de origen de esa familia que me aceptó como uno de ellos, donde disfrutamos de un suculento desayuno a base de sopa de pollo y jugo de papaya que podría resucitar hasta un muerto.

Al llegar a Lima nos recogió Gaby y en vez de descansar nos duchamos y nos dirigimos a la casa de Mercedes que nos recibió con una suculenta cena y ante todo una buena conversación. De hecho, después supe que dijo que yo hablaba bastante, cosa que muchos que me conocen pondrían en entredicho, pero lo curioso es que nos entendíamos muy bien, ya que es una persona muy inteligente, educada y una bella persona.

Al día siguiente, Mercedes nos hizo un tour por las lagunas cercanas a la ciudad de Lima, donde el turismo ornitológico es muy importante y nos acompañó hasta el oráculo de Pachacamac, donde acudían viajeros de todo el territorio inca para saber su porvenir, algo parecido a lo que sucedía en el mundo griego en el oráculo de Delfos.

En la tarde del día de Nochevieja nos fuimos con toda la familia de Gaby a hacer las compras para la fiesta de entrada del año nuevo y ya de paso hice mis compras de productos peruanos, tales como: inca Kola, papa deshidratada, canchita, mote, ají panca, ají causa, ajinomoto..., ya que su gastronomía me fascinó.

A las doce de la noche antes de ponernos a cenar, cada cual portaba algo de color amarillo, ya que este color en Perú atrae la buena suerte y tras los fuegos artificiales nos acomodamos alrededor de la mesa a degustar una de mis últimas cenas en el país andino, rodeado de esta gran familia y donde no faltó de forma guasona la alusión al pisco. Tras el disfrute de la comida llegó el baile y la bebida, pero cuando no aguanté más decidí irme sigilosamente sin que nadie notara mi ausencia, quedando dormido pese a seguir sonando en mis oídos la canción de Marisol que dice así: “Después de mucho tiempo, hoy le he vuelto a ver, no es el mismo de ayer...”

          Estaba tan profundamente dormido que no note que alguien se acercaba a mi cama y me zarandeaba asustado al oír decir en sueños que me moría. En ese momento desperté de pronto y en vez de hacer caso a lo que me decían, cogí papel y bolígrafo y me puse a escribir aquello que había vivido con tanta nitidez en mis sueños, donde se entremezclan las vivencias personales con hechos que no he llegado a vivir, ya que no termino de distinguir lo real de lo imaginario de esta historia.