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lunes, 4 de mayo de 2020

Ají de gallina



Os traigo una receta con sabor a Perú.


INGREDIENTES:

1 pechuga de pollo
1 cebolla mediana
4 dientes de ajo
3 ajíes amarillos
6 rodajas de pan
pimienta
comino
queso parmesano
3 huevos
3 patatas
aceitunas
aceite de oliva
sal al gusto


PASOS A SEGUIR:

1. En una olla cocer la pechuga de pollo y deshilachar una vez que esté bien cocida. Reservar el caldo de cocción.

2. Cocer las patatas y los huevos.

3. Remojar el pan unos minutos en leche y un poco de caldo de pollo y licuar.

4. Cortar los ajíes amarillos (si no tenéis podéis utilizar pimiento naranja que podéis encontrar en grandes supermercados y agregar un poco de cayena para darle un punto de picante) y retirarles las pepitas. Acto seguido, licuar con un poco de leche o bien con el caldo de pollo restante.

5. Picar el ajo y la cebolla finamente.

6. Poner una sartén con un par de cucharadas de aceite y cuando esté caliente agregar el ajo. Una vez que esté doradito, agregamos la cebolla para que no se queme. Agregamos un poco de sal para que la cebolla sude.

7. Añadimos la pechuga cuando estén la cebolla y el ajo bien pochados. Salpimentamos al gusto y sazonamos con una pizca de comino.

8. Agregar los ajís licuados y remover.

8. Incorporar el pan licuado y remover todo con una cuchara de palo hasta que el plato adquiera consistencia.

9. Rallar el queso parmesano al gusto y añadir, removiendo nuevamente hasta que el plato adquiera una textura cremosa. ¡Y listo!

10. Acompañar el plato con patata cocida, huevo duro, aceitunas y arroz blanco (opcional).


¡BUEN PROVECHO!


lunes, 23 de abril de 2018

Lo que ha unido el baile que no lo borre el olvido




            -¿Yo? Creo que te equivocas. No nos conocemos de nada. Puede que me hayas confundido con alguien, pues tengo una cara muy común.

-Va a ser que no. Te conozco, ya que ambos coincidimos en ese local tan emblemático de la ciudad donde pinchan ritmos latinos y al bailar contigo sentí una atracción tal que no me resistí a tocarte esos pectorales marcados bajo esa camiseta que tan bien te ceñía el pecho. Seguro que me tachaste de mujer fácil y lanzada. No obstante, muy lejos de la realidad, pues todos los que me conocen al contrario me tachan de mujer fría que no expresa sus sentimientos. Sin embargo, contigo rompí todos mis esquemas y decidí lanzarme, disfrutando de ese baile tan sensual que es la bachata. Por eso, lo que ha unido el baile que no lo separé una falsa imagen de mí.

Por cierto, debemos presentarnos, ya que esa noche ni siquiera lo hicimos, puesto que nuestros respectivos amigos nos lanzaron a los brazos del otro debido a la gran tensión sexual que irradiábamos ambos, pero fue tal mi azoramiento que huí al estilo Cenicienta, pero sin perder el zapato.

Me llamo Claudia, como esas ciruelas tan dulces, ¿y tú, cómo te llamas? Parece que se te ha comido la lengua el gato, morenazo de ojos verdes. Por lo que veo sigo siendo yo la lanzada.

-Perdona que me ría, pero no estoy acostumbrado a que me entre y me piropee una chica, además tan guapa como tú. Mi nombre es Cristóbal, como mi padre y el padre de mi padre, pero todos mis amigos me llaman Cris, así que si gustas también puedes llamarme así.

He de decir a favor de la verdad que tú me gustaste también, pero tu huida tan improvisada me hizo pensar que no te gusté. ¿Será que te pisé sin querer? ¿Sería quizá que soy arrítmico y no sé seguir el paso? Andaba un poco achispado, mucho quizás, y no recuerdo mucho de aquel día, eso sí, te recuerdo a ti vívidamente, sobre todo, tus manos masajeando mi torso y tu mirada mientras bailábamos, esa expresión cuando tus ojos sonríen.

-Ahora la que se ríe soy yo. ¿Y cómo es eso que no recordabas mi rostro?, pero empezamos bien, puesto que si valoro algo en una persona cuando la conozco es que me haga reír y tú lo has hecho con creces. Y no, no me pisaste, tampoco eres un pato mareado bailando, pues me llevaste muy bien mientras bailamos aquella noche. Sin embargo, tu mirada de ojos verdes me encandiló, tal que me dejó sin habla, de ahí que saliera huyendo, ya que no estaba preparada para esa danza de cortejo. Eso sí, eres todo un galán y un poeta porque con tus palabras has hecho que la línea recta de mis labios se convierta en una curva y dibuje en mi cara una sonrisa de oreja a oreja.

-Claudia, no puedo dejar de excusarme ante tremenda metedura de pata de mi parte al no reconocerte hoy, pero es que esa noche estabas diferente a ahora que vas de sport y sin maquillar, además yo diría que esa noche usabas lentillas y llevabas el cabello suelto.

-Es verdad, me has pillado y  por ahí te voy a perdonar que no me hayas reconocido ahora, dijo Claudia, esbozando una amplia y sincera sonrisa.

-En esta era de las nuevas tecnologías me ha sido casi imposible dar contigo, guapa, pero bendita causalidad haberte encontrado en el lugar más inesperado, ya que estando en este lugar a parte de unirnos el amor por los bailes de salón también nos unen otras inquietudes que espero ir descubriendo si tú me dejas, como es el caso de ayudar desinteresadamente a los demás. Por cierto, ¿en qué proyecto colaboras tú? Yo llevo más de una década en Cruz Roja colaborando en proyectos de inserción laboral y absentismo escolar. De hecho, mis primeros pinitos en esta reconocida institución fueron como monitor despertador y como me vas a preguntar qué es eso exactamente, voy a adelantarme y te diré que mi tarea consistía en llevar a un niño a clase desde su casa y ésta distaba de la escuela tan sólo a doscientos metros. Y en esa época yo no disponía de carné de conducir, de ahí que madrugara y cruzara toda la ciudad andando hasta la casa de ese niño para llevarlo a la escuela.

-Cristóbal, perdón Cris, en mi caso me siento realizada colaborando cuando mi tiempo me lo permite en proyectos con personas mayores, ya que me gusta mucho escucharlas, acompañarlas y hacerles todas aquellas tareas que ellas no pueden hacer, como irles a la farmacia, a la compra... Creo que es muy importante trabajar con estas personas, ya que son una fuente de sabiduría y podemos aprender mucho de ellas, dado que la experiencia es un grado. Y a la vez, creas vínculos sentimentales con ellas, puesto que la mayoría de ellas viven solas y sus familias apenas las visitan, ya sea porque viven lejos, el trabajo se lo impida o bien se desentiendan de sus padres o de sus parientes con una edad avanzada.

No obstante, quizás lo que más me ha incentivado a dedicar mi tiempo a las personas mayores es haber sufrido con mi abuela sus problemas de demencia senil que provocaron que no nos reconociera cuando íbamos a visitarla a su casa. Ella que había sido como una segunda madre para mí y para mis hermanas, ya que muy pronto nos quedamos sin mi padre y mi madre tuvo que hacerse cargo sola de nosotras y salir fuera de casa para buscarnos el sustento, trabajando de sol a sol en casas ajenas y, por ende, pasando muy poco tiempo con nosotras.

Mi abuela Juana, a la que cariñosamente llamábamos Mamá Juana, fue un gran pilar para mi madre, pues ella nos recibía después de la escuela, nos hacía nuestras comidas favoritas, nos cuidaba si caíamos enfermas o simplemente nos llevaba a pasear cuando hacía buen tiempo. En esos casos nos preparaba tortilla de patatas que le salía riquísima y de postre paparajotes que mojamos en azúcar y canela sentadas en una mesa en el parque de la fuente de abajo mientras disfrutábamos del paisaje y de nuestra compañía.

Mi querida y añorada abuela fue perdiendo la memoria poco a poco. Al principio fueron pequeños despistes, pero fue yendo cada día más a más, hasta el punto que un día que fuimos a visitarla nos dijo que quiénes éramos. Nosotras pensamos que estaba de broma, pero al comprobar que lo decía muy en serio el mundo se nos vino encima. Esa noche me acosté, pero no pude pegar ojo, porque ella era para mí un ejemplo a seguir, una mujer de gran fortaleza y una gran sabiduría, hecha a sí misma. A pesar de no haber ido a la nunca a la escuela, la vida se lo enseñó todo. De hecho, tuvo que ir a Madrid con mi tío pequeño para ser operado allí y nunca se perdió, porque tenía muy desarrollado el sentido de la orientación y se fijaba en todo.

Cambiando de tema, porque éste me trae tristes recuerdos. ¿Qué haces esta tarde? Vaya, qué lanzada estoy, pero es que tengo que salir a un recado al centro y puede que no volvamos a coincidir esta mañana por aquí. Así que si te apetece nos podríamos tomar un café por el casco antiguo de la ciudad, pues necesito despejarme.

-Por mí estupendo Claudia, ¿qué tal si nos vemos a las seis de la tarde en la cafetería que hay junto a los soportales que hay junto a la catedral donde podemos disfrutar de unas vistas estupendas de la plaza, del Sagrario y de los picos nevados de la sierra al fondo?

-Me parece una idea genial, allí se desayuna y se merienda muy bien. De hecho, tengo muy gratos recuerdos de esa cafetería, dado que solía ir allí con mis antiguos compañeros de trabajo cuando trabajaba por esa zona de la ciudad y siempre teníamos una excusa para ir allí y darnos un homenaje. Ahora nos vemos poco, pero cuando lo hacemos disfrutamos mutuamente de nuestra compañía. Además, he de decirte que siempre he ido dejando puertas abiertas por los lugares donde he trabajado y siempre que puedo me llego a visitar a mis antiguos compañeros de trabajo, pues a parte de trabajar también confraternizo y mantengo buenas relaciones de amistad.

-Chica, realmente me alegra no sabes cómo escuchar eso, ya que a mí me sucede igual y debido a mi buen talante no me cuesta hacer nuevos amistades, aunque en el fondo soy una persona muy tímida e introvertida.

En mi caso el baile me ha servido para vencer en gran medida mi timidez, pues antes nada más hablar con alguien extraño me hacía sudar. Ahora no, al menos eso ya lo he superado. De hecho, he conocido a mucha gente en clases de baile así como en los congresos a los que asisto con mis compañeros para bailar. Además, el baile me sirve como terapia, ya que me lo paso genial y me río muchísimo.

-Cris, a mi me pasó algo parecido, pero a mí me enseñó a bailar un buen amigo cubano. Él me inició en la salsa y me llevó a su país donde en cualquier lugar de La habana nos arrancábamos a mover la cadera sin importarnos quién nos mirara y si yo lo hacía bien o mal. Tan sólo nos dejábamos llevar por el son de la música.

Ese viaje fue inolvidable, puesto que experimenté toda una serie de sensaciones que me hicieron cogerle el gusto a viajar, dado que el conocer nuevos lugares y nuevas personas también te hace vencer tu timidez y hacerte una persona más abierta de mente.

Gracias a eso y el conocer a una amiga dominicana, unos años después se inició mi gusta por la bachata antes de que se pusiera de moda, así que con esta amiga viajé a la isla de La Española, concretamente a República Dominicana, donde me aficioné a su gastronomía, sobre todo, de la arepa dominicana. Disfruté enormemente de los paisajes caribeños. Incluso, aproveché para visitar el vecino país de Haití, donde pude practicar mi francés y conocer esa parte de la isla que fuera colonia francesa en otro tiempo y donde la época de la esclavitud se dejaba vislumbrar en sus gentes, ya que la mayoría de ellos son personas con orígenes africanos, de ahí que sus bailes típicos recuerden mucho a las danzas africanas, en las que los movimientos de cadera son tan esenciales.

Claudia, veo que nos une también el gusto por viajar. Para mí es primordial hacerlo, no sólo por temas de trabajo, ya que gracias a ello conozco nuevos lugares, nuevas culturas, nuevos paisajes, nuevos sabores u otras personas. La mayoría de las veces he viajado sólo, ya sea porque no he tenido con quién hacerlo o ya sea porque cuando yo podía los demás no podían.

El mejor viaje que he hecho hasta ahora fue a Perú, donde me pasé todo un mes de diciembre y recorrí el país de norte a sur.

Llegué a Lima donde me esperaba una gran amiga, pasando con ella y su familia unos días antes de viajar al sur del país, donde recalé en la ciudad de Cuzco, a más de cuatro mil metros de altura, padeciendo el soroche o el mal de altura debido a la gran altitud, que me provocó el que me faltara el aire en algunos momentos al principio.

Ello no me impidió disfrutar al máximo de esta ciudad que es Patrimonio de la Humanidad, así que tras descansar un poco tras mi llegada a la ciudad cogí y salí con mi guía particular para hacer un tour y subimos al barrio de san Blas, una de las zonas más altas de la ciudad, desde donde se ve una espectacular panorámica de la ciudad de Cuzco. Y de ahí fuimos a la Plaza de Armas, donde se halla la catedral y la iglesia de la Compañía de Jesús, así como unos soportales que me recordaron a los que hay en la ciudad giennense de Baeza.

De vuelta al hotel paramos en una pequeña tienda donde una dependienta cuzqueña con su traje típico de cholita, su buen humor y su simpatía nos hizo probarnos varias prendas típicas de esa zona de la sierra peruana, elaboradas con lana de alpaca y vicuña, además de deleitarnos con un truco con una olla mágica. Así que cogió un vaso de agua y lo vertió en la olla por un orificio y después nos lo puso encima de la cabeza y pensando que nos iba a poner chorreando nos cubrimos la cabeza y al ver que no lo hizo nos quedamos muy sorprendidos. Me gustó tanto que la compré para hacer lo mismo con mis sobrinos cuando volviera a casa.

Al día siguiente compré un billete de tren y me dirigí a la ciudadela de Machu Pichu. Salí al amanecer hacia la estación de tren de Poroy, a unos kilómetros de Cuzco, y desde allí partimos en un tren de turistas hacia el poblado de Aguas Calientes, disfrutando en el trayecto del paisaje y de las ruinas que se nos mostraban a lo largo del camino, así como de los picos nevados de los Andes.

Una vez en Aguas Calientes compré la entrada para la ciudadela y el billete del microbús que me llevaría hasta allí, un trayecto muy peligroso, ya que subes por un sendero muy estrecho dejando a un lado el valle del río Urubamba, pero al acceder a las ruinas de la ciudad inca se te olvida todo, ya que al estar allí te hace sentir como si tocaras las nubes con las yemas de los dedos. Incluso, en ese lugar parece como si el tiempo se detuviera y viajaras a otro tiempo.

Sin prisas subí hasta la Puerta del Sol, aunque era un día en el que el astro rey no se dejó ver para nada, pues llovía y las nubes no dejaban ver en su esplendor el recinto de la ciudadela inca en su esplendor. Y si lo hacía era entre brumas, pero todos los turistas que andábamos por allí lo disfrutamos igualmente, mientras veía como discurría el agua por aquellas construcciones ancladas en la montaña.

Una vez que nuestros pulmones se llenaron del aire puro que allí había descendí hasta Aguas calientes y haciendo hora para coger el tren para volver al Cuzco y siguiendo el sendero hacia las aguas termales que dan nombre a este poblado, me despojé de mi vestimenta toda mojada y me sumergí en dichas aguas mientras disfrutaba del sonido de los rápidos del río Urubamba que bajaban con gran fuerza y estruendo desde las alturas de la sierra, a la vez que te hacía sentir una serenidad y sosiego indescriptibles, olvidándote de todo y de todos. Sólo estabas tú en medio de la naturaleza y de no ser porque había que volver a Cuzco me hubiera quedado allí más tiempo.

En el viaje de regreso disfrutamos de una pasarela de modelos con trajes típicos de la zona, fabricados con la lana de alpaca, a la vez que la representación de un baile típico del pueblo de Ollantaytambo, en el cual una pareja aparecía ataviada con trajes regionales de vistosos colores típicos de la zona bailando una danza milenaria.

Al siguiente día a las cinco de la mañana mi guía me recogió y fuimos hasta las salinas de Maras en el Valle Sagrado del Cuzco, donde pude ver una construcción singular de la arquitectura inca, pero para llegar allí tuvimos que pasar por toda una serie de pueblos en los que sólo se hablaba quechua, la lengua nativa de los incas y que mi guía hablaba con soltura. En aquel lugar y a primera hora de la mañana pudimos disfrutar tanto de la serenidad de ese paisaje en el que no se veía ni un alma a aquellas horas tempranas de la mañana, así como de la visión de los nevados de los Andes, a la vez que surcaba el cielo azul un cóndor con su majestuoso vuelo.

De las salinas partimos a la ciudad de Cuzco, para ir al mercado de San Francisco y comprar productos peruanos para elaborar en casa platos típicos peruanos, como es la carapulcra chinchana, un plato inca que se elabora antes de la llegada de los españoles y que aprendí gracias a una amiga peruana. Como era la hora del desayuno mi guía y yo desayunamos en el mercado una rica sopa de pollo con chuño, una especie de papa deshidratada con los hielos de los Andes. Tras comprar en este mercado fuimos al mercado de San Pedro donde pude comprar artesanía y algunos regalos para mis amigos de aquí.

Volví de nuevo a Lima desde donde viajé de nuevo al norte del Perú, donde visité Chiclayo, la ciudad de la Amistad, donde pude conocer Lambayeque, la casa con el balcón más largo del mundo, el museo del Señor de Sipán, la playa de Pimentel donde el océano Pacífico rompía sus olas con una gran fuerza y estruendo. Además, pude disfrutar allí con una familia de una pachamanca, una forma de preparar los alimentos bajo tierra muy original.

Regresé a Lima y allí pasé los últimos días de mi viaje, viviendo allí la Navidad con mi familia adoptiva peruana y echando mucho de menos a la matriarca a la que tuve el gusto de conocer años atrás. En Miraflores asistimos a un espectáculo en vivo de salsa y en la casa de uno de los tíos de mi amiga acabamos casi al amanecer tomando unos tragos como dicen en Perú y bailando cumbia, que las chicas de la familia tuvieron la paciencia de enseñarme. Lo pasamos estupendamente, pues el baile y el vino dieron pie a que riéramos a carcajadas. Para culminar mi viaje, uno de los últimos días en la capital peruana asistí a un concierto de música tradicional en vivo con sones incas y quechuas.

Sin lugar a dudas fue un gran viaje porque viví muchas experiencias que quedaron grabadas en mi mente y en mi corazón.
Ay, que se nos pasa el tiempo hablando y aún tengo que hacer unos recados.

-¿Te parece si lo seguimos haciendo esta tarde cuando quedemos para tomar el café?

-Por supuesto, Claudia. Nos vemos esta tarde en el lugar acordado, ya estoy deseando retomar el hilo de nuestra conversación, ya que me pareces un chico muy interesante y encantador.

Unas horas después, Cris esperaba ansioso y expectante la llegada de Claudia en la plaza donde se halla la cafetería en la que habían quedado.

Cuando Claudia llegó al punto de encuentro, Cris la esperaba con una amplia y sincera sonrisa que lo hacía más atractivo si cabe con ese hoyuelo que tenía en la barbilla. Estaba allí parado con una pose de caballero de otro tiempo y galán de películas de antaño.

Se saludaron y pasaron a acomodarse para disfrutar de una velada vespertina que se auguraba interesante.

Después de hablar de temas banales, Cris le preguntó a Claudia a qué se dedicaba.

Ella empezó diciéndole que era gobernanta.

-Entonces, ¿tú eres quién gobierna y manda en un hotel? Dijo Cris bromeando.

Claudia asintió.

No obstante, le dijo que su trabajo era más complejo que eso, ya que debía comprobar que todo estuviese en perfecto estado de uso y disfrute, debiendo estar todo limpio y en su lugar, pero, sobre todo, debía cuidar que su equipo de trabajo estuviera bien, ya que si tenemos contentos a nuestros clientes internos, o sea, nuestros empleados, los clientes del hotel notarán eso y su percepción de la calidad que les ofrecemos será mayor.

-Con esta profesión seguro que tienes muchas anécdotas que contar y a mí me gustaría oírtelas decir si es que el secreto profesional no te lo impide.

-Claro que no, de hecho el verano pasado estuve trabajando en Ibiza y gracias a un grupo de gobernantas de la isla me contaron que en un hotel de cinco estrellas había clientes que cocinaban en las terrazas de las habitaciones palomas, incluso corderos, con el consiguiente olor que desprendía eso y las quejas que ponían los demás clientes, pero al ser clientes de alto poder adquisitivo no se les podía decir nada. Eso sí, las camareras de pisos se las veían y se las deseaban para quitar el olor de las habitaciones que esas prácticas llevaban acarreadas, eso sí los clientes de esas habitaciones eran muy generosos con sus propinas.

Gracias a este grupo, mis compañeras gobernantas y yo nos desahogábamos y contábamos nuestros problemas a en nuestros respectivos hoteles y nos dábamos posibles soluciones. No sólo de limpieza de hoteles, sino también como lidiar con el personal o de cómo encontrarlo, sobre todo, habiendo tanta demanda de personal, que se incrementaba debido a la falta de lugares de alojamiento para estos trabajadores, los cuales muchas veces se ven obligados a vivir en la calle por no encontrar donde vivir.

-Ya creo que es un tema peliagudo, Claudia, pero por lo poco que te conozco me da la impresión que eres una persona resolutiva, ordenada y con dotes de mundo.

Ésta soltó una tremenda carcajada que dejó a Cris un poco sorprendido, pero en seguida su semblante se distendió, porque entendió que ésta estaba de broma.

-Y tú, moreno de ojos verdes, ¿a qué dedicas tu vida?

-Me vas a sacar los colores. Soy profesor de primaria. Siempre me ha gustado trabajar con niños. Por eso, estudié Magisterio. Me gusta ver como aprenden y disfrutan aprendiendo, pero para eso hay que tener vocación y desde pequeño tenía claro que me quería dedicar a ello, además de eso tienes que ser un poco actor, payaso y mucha seriedad para que tus alumnos te respeten y estén motivados.

-Cris, me encanta esa labor que haces con los niños, pues son nuestro futuro, pero sobre todo por esa pasión que transmites a la hora de hablar de tu profesión.

Después de hablar de temas serios Claudia creo que va siendo hora que quedemos para volver al principio de nuestra historia.

-¿Cómo dices?

-Tranquila, sólo te estoy pidiendo una cita para ir a bailar, pero esta vez empezaremos por la salsa, ya que me muevo mejor que en la bachata. Por supuesto, si te parece.

-Por supuestísimo que me parece, me caes estupendamente y esto es, sin dudad, el comienzo de algo.

Y eso fue, o ha sido más bien, ya que esta historia comenzó y no acaba aún, aunque una de estas dos piezas del puzle ya no recuerda como dio inicio dicha historia, pero mientras que haya alguien que la cuente nunca acabará.

Esta historia se remonta a cincuenta años atrás y siempre le narra Cristóbal a Claudia delante de sus hijos y nietos cuando van a visitarla en la residencia de ancianos donde ella está ingresada, emocionándola esta historian cada vez que la oye, aunque ella dice no conocer a sus protagonistas.

Todos los suyos sufrieron mucho a causa de esta enfermedad atroz que borró todos los recuerdos de esta bella mujer de un plumazo, pero gracias al amor incondicional que Cristóbal le profesa a ella sus seres queridos logran vencer este dolor y son partícipes de este amor que él siente por ella y que surge de nuevo cada vez que se reencuentran como si fuera la primera vez que se ven. De hecho, sus ojos velados  y fatigados por la edad sonríen llenos de amor cada vez que se miran, siendo el motor por el que Cristóbal se levanta cada mañana.





jueves, 18 de julio de 2013

De Sierra Morena a los Andes

           Os dejo un relato que he compuesto durante el transcurso del Taller Creativo Literario que ha tenido lugar en Torreblascopedro (Jaén) durante los meses de mayo y junio de este año 2013 y espero que os guste.


¡Me muero!, ¡me muero!

Sólo acertaba a decir eso. Me muero y a miles de kilómetros lejos de mi familia el día de Navidad, mientras Gaby, mi amiga, no dejaba de tranquilizarme y decirme:

Ese dolor de cabeza es sólo consecuencia de la resaca por no saber beber y no estar acostumbrado, quién te manda acabar la noche bebiendo pisco a palo seco con los hombres de mi familia.

Por mi mente pasó la imagen de mi pequeño pueblo, Torreblascopedro, allá a lo lejos en las estribaciones donde acaba la comarca de la Loma y se funden como hermanos los ríos colorao y blanco, teniendo como telón de fondo Sierra Mágina con picos como el Aznaitín y el Almadén.

No obstante, allí estaba yo, sin querer viajar a uno de los lugares más mágicos del planeta: la ciudad perdida de los incas en plenos Andes peruanos.

Sin embargo, Gaby me convenció de ir hasta allá, cosa que le agradecería después, pues fue una de las mejores experiencias de mi vida. De hecho, gracias a esa resaca no sentí apenas las veintitantas horas que duraba el viaje desde el centro de la ciudad de Lima hasta el Cuzco y mucho menos el soroche o mal de altura.

En ese largo viaje que comenzó en los andenes de la central de autobuses de la compañía Cruz del Sur, hizo que pasaran por mi mente muchos de los acontecimientos vividos junto a la coreana, como sin malicia la llamaba la madre de uno de nuestros amigos cada vez que llamaba por teléfono a su casa y era ella quién descolgaba, siendo ella la causante de que me enamorara de su Perú, de sus gentes, de su tierra y, sobre todo, de su gastronomía, desde el mismo momento en que me instalé en su casa de Ate-Vitarte como un miembro más de su familia, siendo adoptado por esta gran familia matriarcal, donde la mujer tiene un papel primordial, ya que son ellas las que reúnen a toda la familia: madres, tías, hermanas...

Del trayecto de ida en autobús sólo me acuerdo de mi deambular nocturno por el pasillo del autobús para ir al baño, donde era como ir borracho todo el tiempo debido a las continuas curvas del camino y el ver a la azafata recostada en los últimos asientos tan plácidamente como sin con ella no fuera esa agitación continua.

Y como no, del inicio del viaje, ese momento en que apenas unas horas en el autobús, vi la puerta abierta y me bajé corriendo porque no podía aguantar las ganas de vomitar. Al subir y para que se me pasara el mareo, la azafata vino con un algodón empapado en alcohol, exclamando yo:

¡Oh, cruel destino!, me dan a oler de nuevo pisco. Y yo diciendo: No, no quiero oler pisco y al olerlo mi cuerpo en vez de asentarse quería volver a vomitar.

Y a mi lado, en el otro asiento Nadia aunque intentaba no reírse, al final acabó estallando en carcajadas.

El resto son ensoñaciones e imágenes de las vivencias compartidas con Gaby desde el día en que la conocí, un frío día de primeros de marzo, en el que iniciamos un curso de Animación Sociocultural en CM Formación. Gracias a este curso tuve la suerte de conocer a varias personas que se han convertido a día de hoy en grandes amigos, con los cuales he vivido muchos ratos alegres y por desgracia también momentos duros, pero hemos estado ahí para lo bueno y para lo malo.

En dicho curso surgió el apodo “brisa caribeña”, con el cual la solía llamar, aunque como decía ella y gran verdad tenía, de caribeña tenía más bien poco, o incluso el apelativo de “terrón de azúcar moreno”, debido al tono de su piel. Todo ello, provocaba los celos de su marido en aquel entonces, que, ¡oh, casualidades del destino!, terminó siendo un familiar lejano mío, ya que nuestras abuelas eran hermanas.

Con ella y junto a otros amigos creamos un grupo de animación sociocultural, con el cual recorrimos buena parte de la provincia de Jaén, consiguiendo sonrisas de niños y no tan niños en cumpleaños, comuniones e incluso en fiestas de algunos pueblos y llevando a cabo visitas teatralizadas en el Museo Arqueológico de Linares. Ella fue quien nos enseñó a hacer algunos trucos de magia o a elaborar piñatas de un gran colorido al estilo mejicano, las cuales eran muy vistosas. Todo ello bajo su batuta, debido a su fuerte carácter, pues le gusta que todo salga bien debido a su gran profesionalidad.

Vivimos juntos su divorcio, siendo el grupo un gran apoyo para ella, como una familia, de ahí que muchas reuniones las hiciéramos en su casa, ya que los demás no teníamos casa propia en aquel momento. De hecho, en una de esas reuniones surgió un problema entre ambos que hizo que nos uniéramos más si cabe, ya que estando todos los amigos reunidos cantando con el Singstar yo me enfadé mucho con todos ellos porque me dolía horrible la cabeza y sólo les pedía que bajaran el volumen y no me hacían caso, así que ni corto ni perezoso cogí y me fui. A los pocos días éstos se enteraron que aquel enfado tenía una muy buena causa justificada, puesto que evidentemente yo me encontraba muy mal y como consecuencia de ello estuve ingresado en el hospital más allá que aquí, debido a una trombosis yugular que podía haber acabado con mi vida de no haberme visitado el mismo día que me llevaran por urgencias a Jaén mi ángel salvador, mi prima, a la cual debo mi vuelta a nacer.

Al enterarse Gaby, que por aquel tiempo trabajaba en Jaén, enseguida fue a visitarme al hospital, donde estaba con la habitación en penumbra y sin ruido, sólo pudiendo articular con los ojos vidriosos “ay, mi negrita”, quedando impresionada del estado en que me encontró: postrado en la cama inyectado con el suero y la medicación, a casi oscuras y con un derrame ocular. No obstante, es una imagen que no se me borra de la mente.

Cada vez que coincidíamos, ella me hablaba de su país, de su trabajo allá, de sus tres madres: Rosa, su abuela; Berenice, su madre y Mercedes, su madrastra, ya que gracias a ellas ella es quién es hoy día, aunque la figura paterna de su abuelo también es muy importante para ella. No obstante, el matriarcado en su vida ha sido crucial en su vida, sobre todo, el papel de su abuela o su mamita como ella la llama, convirtiéndose tras su fallecimiento en la estrella que guía sus pasos. De su mamá aprendió a cocinar esos ricos platos de la gastronomía peruana que yo he tenido la suerte de poder probar y aprender. Y, por último, gracias a  su madrastra, por cierto un apelativo que ella nunca usa, puesto que es una madre también para ella, ella es psicóloga, ya que se preocupó de que esas niñas que aceptó como suyas tuvieran una educación.

Todo ello hizo que sintiera cada vez más ganas de conocer a su gente, de la que tanto me habló, así que un año me propuso que la acompañara a su país en Navidades junto a Nadia, siendo ésta la que me acompaña en el otro lado del asiento del autobús y quien me consuela y me dice que todo pasará, pues esto es sólo un susto, que no me ocurrirá nada y que aquel trago amargo no se volverá a producir, pero yo no dejaba de pensar en aquel momento en que me estallaba la cabeza y que acabó en una trombosis, cosa que volvió a mi mente con los dolores de cabeza de la resaca.

En este momento es cuando recupero la conciencia y vuelvo en mí, ya con los albores del día y las imágenes de la sierra peruana y el río Urubamba corriendo paralelo a la carretera, preguntándome ésta si había sentido el soroche y yo diciéndole que no.

Nadia, en cambio, me dice que la señora de al lado y sus hijos no pararon de vomitar. Por mi parte, yo creo que no lo hice gracias al té de coca que nos dieron durante la noche en el autobús, además de los efectos de la resaca.

Nada más llegar a la estación de autobuses de la ciudad de Cuzco, al bajarnos del autobús nos recorrió la sensación de falta de aire debido a la altura a la que habíamos ascendido, unos 3.400 metros sobre el nivel del mar, pero eso dio paso a la imagen del ajetreo de la estación con viajeros que iban y venían portando fardos y con maletas, y al bullicio de una ciudad que rozaba las nubes en plenos Andes peruanos, con sus taxis movidos por gas, las cholitas con sus sombreros y los trajes típicos de la sierra plenos de colorido o los edificios antiguos de piedra que evidenciaban su pasado colonial, ya que Cuzco es considerada la Roma de los Andes debido a la gran cantidad de monumentos que concentra.

Tanto Nadia como yo tuvimos mucha suerte, ya que en todo momento tuvimos nuestro guía particular, que respondía al nombre de Néstor, el cual nos procuró Gaby para que siempre nos sintiéramos seguros en tierra extraña.

Con Néstor recorrimos la ciudad en una visita panorámica, quedando grabada en nosotros cada recodo de la ruta, puesto que nos serviría en días sucesivos para poder movilizarnos nosotros mismos por la ciudad.

Al día siguiente, siempre solícito Néstor nos llevó a conocer lugares como Sacsayhuamán, santuario a dos kilómetros de la ciudad de Cuzco donde el 24 de junio se celebra la fiesta del Inti, el dios Sol. O yacimientos arqueológicos como Qenco o Puka Pukara, los bellos paisajes del valle del Taray donde pudimos ver algún que otro rebaño de llamas y los nevados al fondo o la ciudad de Pisaq en pleno valle.

He aquí que tuvo lugar una anécdota graciosa que nos sucedió al bajar del coche para disfrutar del bello paisaje que nos ofrecía la sierra andina, ya que una llama que por allí pastaba y en celo, al ver a Nadia no dejaba de perseguirla, provocando las carcajadas tanto de Néstor como del taxista que nos acompañaba, mientras yo intentaba asustar a la llama para que la dejara en paz.

Y como olvidar la ayuda inestimable de nuestro guía particular al acompañarnos hasta Ollantaytambo, con el fin de poder coger el tren que nos llevaría hasta la ciudad de Aguas Calientes, la cual debe su nombre a las famosas aguas termales sulfurosas y ferrosas que allí se encuentran y que es la puerta de acceso a la ciudad inca de Machu Pichu, donde una vez que se pone un pie sobre ella se para el tiempo y te hace disfrutar con los cincos sentidos de todo el bello paisaje que te rodea, puesto que te encuentras de pronto con las ruinas de una ciudad-refugio en medio de la sierra, donde el verde se extiende hacia el horizonte de los cuatro suyos, es decir, hacia los cuatro puntos cardinales y las nubes rasgan los picos de la sierra, a la vez que el olor de la tierra y la vegetación te embriaga y los rayos del sol en pleno diciembre te hacen sentir vivo. Todas estas sensaciones las produce estar en uno de los lugares más mágicos de la Tierra, donde los incas rendían culto a la Pachamama o Madre Tierra, lo cual me recordó de nuevo el papel del matriarcado en la cultura del Perú.

En dicho lugar nos sentimos libres, así como el cóndor sobrevuela la fortaleza, siendo el amo de los cielos en ese lugar recóndito de la tierra.

Todo valió la pena para poder disfrutar de esta experiencia, ya que hubo algunos problemas que tuvimos que sortear para poder acceder a la fortaleza, pero nada se compara con las sensaciones que experimentamos en ese bello lugar.

Tras nuestra visita al Machu Pichu, ambos disfrutamos de un merecido almuerzo en la ciudad de Aguas Calientes y después visitamos las aguas termales donde las piscinas de agua caliente estaban atestadas de gente pese a que caía una leve llovizna. En cambio, nosotros preferimos subir al bar que estaba colgado como en un árbol en un risco desde donde podíamos divisar buena parte de esa ciudad que había surgido en torno a los beneficios que el turismo generaba y las piletas donde no paraban de entrar personas para disfrutar de sus aguas humeantes.

Tan cansados como estábamos no nos apetecía bañarnos, pero si que disfrutamos de un té de coca, del paisaje y del sonido de los rápidos del río Vilcanota que bajaba todo bravo a nuestra espalda, puesto que Aguas Calientes se extendía en los márgenes de esta corriente de agua que rasga la sierra.

Por la noche, junto a otros turistas aguardamos la salida del tren que nos conduciría a Ollantaytambo, dónde nos esperaba un taxi casi nuevo que nos procuró Néstor y que nos devolvió a través de una carretera apenas transitada de noche a nuestro pequeño hotelito en la calle Chavín en Cuzco. A pesar de que veníamos muy cansados al ver el letrero de la calle, nos miramos y se nos escaparon unas risas, pues nos hizo recordar el apelativo con que cariñosamente me llamaba Gaby: “chavito”, ya que soy dado a meter la pata.

El día siguiente lo dedicamos a pasear por nuestra cuenta en esta bulliciosa ciudad, comprando algunos recuerdos y disfrutando de sus bellos rincones como el barrio de san Blas en la parte alta, la calle estrecha donde se encuentra la piedra más famosa del Perú con sus catorce ángulos, la plaza de armas de Cuzco, con su catedral y su iglesia de la Compañía de Jesús y ese nacimiento tan insólito, en el cual la vaca y el buey son sustituidos por la llama y la alpaca. E incluso, tuvimos la suerte de entablar conversación con un señor que nos deleitó con algunas palabras en quechua, lengua andina arcaica prehispánica, de las cuales recuerdo nuna raymi o fiesta del alma.

La última imagen de Cuzco la recuerdo en la plaza de Coricancho, lugar donde pude comprar un tapiz de alpaca, en el cual hay representada una llama, uno de los animales símbolos del Perú, y poder negociar un precio ajustado con Valentina, ataviada con un bello vestido que destacaba por su colorido característico, para poder hacerme al final con un bello recuerdo de esa tierra que tanto me fascinó.

En este bello sitio nos recogió Néstor y su hijo pequeño para acompañarnos y despedirnos en la estación de autobuses, siendo un buen anfitrión hasta el final.

A mediodía comenzamos nuestra bajada hacia la costa del Pacífico rumbo a la ciudad de Lima, pasando una buena noche de viaje y cargados de experiencias y de vivencias que después repetiríamos una y otra vez a nuestros familiares y amigos.

Al despertar nos encontramos con un camino lleno de curvas en un paisaje inhóspito, ya que no había ninguna huella ni de naturaleza ni de asentamientos humanos. Es decir, nos encontramos inmersos en un pleno desierto. No obstante, pronto llegamos a Ica, donde paramos a desayunar, la ciudad de origen de esa familia que me aceptó como uno de ellos, donde disfrutamos de un suculento desayuno a base de sopa de pollo y jugo de papaya que podría resucitar hasta un muerto.

Al llegar a Lima nos recogió Gaby y en vez de descansar nos duchamos y nos dirigimos a la casa de Mercedes que nos recibió con una suculenta cena y ante todo una buena conversación. De hecho, después supe que dijo que yo hablaba bastante, cosa que muchos que me conocen pondrían en entredicho, pero lo curioso es que nos entendíamos muy bien, ya que es una persona muy inteligente, educada y una bella persona.

Al día siguiente, Mercedes nos hizo un tour por las lagunas cercanas a la ciudad de Lima, donde el turismo ornitológico es muy importante y nos acompañó hasta el oráculo de Pachacamac, donde acudían viajeros de todo el territorio inca para saber su porvenir, algo parecido a lo que sucedía en el mundo griego en el oráculo de Delfos.

En la tarde del día de Nochevieja nos fuimos con toda la familia de Gaby a hacer las compras para la fiesta de entrada del año nuevo y ya de paso hice mis compras de productos peruanos, tales como: inca Kola, papa deshidratada, canchita, mote, ají panca, ají causa, ajinomoto..., ya que su gastronomía me fascinó.

A las doce de la noche antes de ponernos a cenar, cada cual portaba algo de color amarillo, ya que este color en Perú atrae la buena suerte y tras los fuegos artificiales nos acomodamos alrededor de la mesa a degustar una de mis últimas cenas en el país andino, rodeado de esta gran familia y donde no faltó de forma guasona la alusión al pisco. Tras el disfrute de la comida llegó el baile y la bebida, pero cuando no aguanté más decidí irme sigilosamente sin que nadie notara mi ausencia, quedando dormido pese a seguir sonando en mis oídos la canción de Marisol que dice así: “Después de mucho tiempo, hoy le he vuelto a ver, no es el mismo de ayer...”

          Estaba tan profundamente dormido que no note que alguien se acercaba a mi cama y me zarandeaba asustado al oír decir en sueños que me moría. En ese momento desperté de pronto y en vez de hacer caso a lo que me decían, cogí papel y bolígrafo y me puse a escribir aquello que había vivido con tanta nitidez en mis sueños, donde se entremezclan las vivencias personales con hechos que no he llegado a vivir, ya que no termino de distinguir lo real de lo imaginario de esta historia.  


lunes, 10 de junio de 2013

Mazamorra morada

           Postre típico peruano que se hace cociendo los granos de maíz morado junto con la panocha en agua con canela, clavos de olor y las cáscaras de piña, membrillo y manzana, hasta que los granos de maíz morado estén abiertos, aproximadamente treinta minutos.

Así dice la receta que se hace, pero yo la he elaborado con un sobre de preparado que me regaló Edith, mi cuñada peruana, ya que sabe al igual que Mely su compatriota y buena amiga mía que disfruto mucho con la gastronomía peruana.

Es un postre que se prepara, sobre todo, en Perú en el mes de octubre, mes del Señor de los Milagros.

Se le puede agregar los frutos secos que más nos gusten y frutas de temporada en trocitos también al gusto.

Lo malo de esta receta es conseguir el sobre de Negrita de “Mazamorra morada” para poder elaborar dicha receta.





INGREDIENTES:
>1 sobre de “mazamorra morada” Negrita
>orejones
>arándanos
>dátiles
>ciruelas pasas
>1 lata pequeña de fruta en almíbar
>cerezas deshuesadas de temporada
>canela en polvo


PASOS A SEGUIR:

            1/ En la víspera poner a remojar los frutos secos para que aumenten de tamaño (orejones, ciruelas pasas, arándanos, dátiles)



2/ En medio litro de agua fría desleír el sobre de “mazamorra morada” de marca Negrita para evitar que se formen grumos.

3/ Calentar un litro de agua y cuando esté hirviendo agregar el agua donde hemos disuelto el sobre, moviendo continuamente para conseguir espesar la mazamorra.



4/ Una vez que vaya espesando, agregamos los frutos secos, la fruta en almíbar escurrida y unas cerezas deshuesadas de temporada, removiendo continuamente hasta adquirir un punto gelatinoso, apartando en este momento del fuego.

5/ Repartimos en recipientes pequeños y espolvoreamos canela en polvo por encima.



6/ La porción de “mazamorra morada” con “arroz con leche” tomados en partes iguales en un mismo recipiente, se denomina “clásico”.




       ¡BUEN PROVECHO!

sábado, 2 de marzo de 2013

Carapulcra peruana

         Hola de nuevo a tod@s. Os acerco ahora a una de las gastronomías más importantes del mundo, la cocina peruana, la cual conocí y empecé a degustar gracias a mi gran amiga Mely. De hecho, cuando ella preparaba algo de su país, se acordaba de mí, porque sabía que nadie como yo para agradecer el poder degustar platos diferentes y fue gracias a ello que pude ver como se preparaban muchos de los platos de la cocina peruana: carapulcra, ceviche, salsa a la ahuincaina, papa rellena, etc.

         Todos estos los pude degustar cuando gracias a ella pude visitar su país y degustarlos allá mismo, conociendo nuevos platos de la rica gastronomía andina: anticuchos, mazamorra, causa rellena, ají de gallina, etc.

           De este modo, cuando visite su país, traje sobre todo condimentos para preparar las delicias de este país, y en el caso que nos atañe, la carapulcra chinchana, un plato prehispánico, que ya se preparaba en el Perú antes de la conquista española y que tengo el placer de poder preparar en casa, siendo uno de los platos típicos del Perú.

CARAPULCRA PERUANA



Ingredientes (para 4 personas):
>Papa seca deshidratada, bien roja o amarilla
>3 tiras de tocino betoso
>1 pechuga de pollo
>2 ajos
>1 cebolla
>ají panca o ñoras molidas
>maní o avellana tostada
>ajinomoto (potenciador del sabor)
>canela en rama
>chocolate negro
>sal
>pimienta
>comino molido
>2 clavos de olor
>caldo de pollo

Para acompañar:
Arroz blanco hervido


Preparación:

1/ Poner a remojar una taza de papa seca la noche de antes.

2/ Al día siguiente colar la papa y expulgarla por si se hubiera colado alguna chinita y después volver a lavarla y colarla de nuevo.

3/ Tostar en una sartén por un par de minutos y volverla a colar.

4/ Freír los ajos y cebolla picados finamente sazonados con un poco de sal para ayudar a que la cebolla sude, añadiendo una vez que estén pochados, una buena cantidad de ají panca molido.

5/ Añadir tocino y pollo aderezados con sal, pimienta y ajinomoto y voltear a fuego lento durante 5 minutos para que la carne se selle.

6/ Agregar una pizca de comino molido, un vaso de caldo de pollo, el maní tostado machacado, 2 clavos de olor, un trocito de canela en rama, rallar un pizca de chocolate negro y cubrir de agua hasta que todo esté cubierto.

7/ Dejar cocer por 20 minutos y agregar agua en todo momento cuando fuese necesario, removiendo continuamente para que no se pegue.

8/ Retirar la canela en rama y los clavos de olor.

            9/ Una vez listo, acompañar con arroz blanco hervido.


Ajo, cebolla y ají panca pochados



Sellado de la carne junto al resto de ingredientes




Carapulcra lista para servir


        Como bien dice mi amiga Mely este plato no entra bien por los ojos, pero lo importante de este plato no es la vista, sino la mezcla de sabores que es todo un gusto para el paladar.